En un día que intenta nacer sin luz
el viento austral trae consigo un blanco tul
perloso que brilla en esos árboles
donde sus ramas
se convierten en telarañas
hasta que el sol ilumina
su vestido de telas blancas.
Y ese último vuelo
se convierte ahora en gotas
que se separan de las hojas
difuminando cada vez más este día
que a cada gota es menos blanco
y abandona el parecido
con el azúcar y el talco
pues la función
de un pequeño hada
es derretirla mientras se pregunta curiosa
si de las mismas telas blancas
estaría vestida la Luna.
''Dar un paso atrás no es cobardía, es inteligencia; no es huida, es generosidad. El más grande debe ser el más humilde y dar el primer paso''.
domingo, 12 de abril de 2015
martes, 7 de abril de 2015
Sirena escarlata // Era a ti, a quien buscaba
Te vi entre sábanas.
ellas, escarlata te abrazaban
como si fuera la última vez
como si fueses a desaparecer si te soltaban.
Y en cada tormenta que caía
sobre tu moreno,
diluía tus sueños
diluía tus sueños
enredados en tu pelo.
Yacente encontré tu cuerpo
entre anclado entre piedras
y ligero en el aire.
¿Dónde iba?
¿Al ojo nácar sin pupila?
¿Acaso a esconderte
en volcanes?
Inútil fue que fueran mil sombras
a buscarte a tu mundo
y al caos de tu abismo.
Lo único que encontraron
fue tu corazón, casi inerte,
de papel escrito, borrado,
arrugado, quemado
que tantas veces se reescribió
que no supo cómo leerse,
cómo dividir las frases entre sus presas
a cada sístole y diástole.
que no supo cómo leerse,
cómo dividir las frases entre sus presasa cada sístole y diástole.
No supo si respirar o andar.
Dejó de sentir, dejó de doler.
Había dejado de amar.
Dejó de sentir, dejó de doler.
Había dejado de amar.
No hallé tu alma,
rompió en tus sueños
voló cerca de los astros
cayó desde muy lejos.
Y tal impacto tuvo
que se evaporó en cristales de estrellas,
desbocó en el mar,
se ahogó en el pedregal
vestido cada vez más con sábanas escarlata.
Era a ti a quien buscaba
se ahogó en el pedregal
vestido cada vez más con sábanas escarlata.
Era a ti a quien buscaba
pero, de repente,
en flash,
ni tu aroma quedaba.
Helios
Siempre me pregunté por qué
ellos anhelaban abrazarte
incluso si morían en el intento.
Y siguiendo la guía entre las piedras
siempre conseguían encontrar tus halos
entre pequeñísimas sombras pasajeras.
¡Qué mas daba cómo lo viera!
Su reflejo se dirigía hacía la estela
de los pájaros cada cielo de marzo
y reescribían con ausencia de mancha
su rastro bajo sus brazos.
Mientras, caen sus pequeñas extensiones,
en acantilados abruptos,
elevándose sobre las nubes
o deslizándose entre los brillos
que precipitándose sobre ti
terminan desbordando mis pupilas.
Siempre me pregunté qué eras
o quién eras,
y por qué existías.
Y por qué para abrazarte
por encima de sus ramas
había primero, que crearte.
¿Cuándo dejé de contar tus tormentas
en mis noches de andares?
¿Cuándo dejé de contar lágrimas,
entre ellas yo,
escondida entre llamas inundadas?
¿Y cuándo dejé mi capa colgada
si aún no había acabado la batalla?
¿Y dónde está ese armario
que guarda el calor que debería tener yo?
Y entre tantas preguntas que me hice
mudé de pensamientos.
Sí, llámame demente
por dejar de ser coherente,
por esa manía de deshacerme entre la gente.
Perdí la orientación cuando
intentando encontrar tu nombre escondido
empecé a contar virutas de lápiz
en lugar de renglones vacíos.
Me dejé la otra mitad de mi
cuando el silencio estridente
de tus respiraciones casi latentes
se acercó más al olvido
y mi mente estuvo casi apunto
de marcharse permanentemente.
Pero igual bailaré ese baile
incluso si muero en el intento
Lo siento, no tiene remedio.
Flotaré entre sus ramas
aunque la lluvia dificulte mi vuelo
y seré cómplice del delito
de rozar el cielo.
Estudiaré tus movimientos entre compases
para que si mis pies inundan los mares
sepa hacia donde dirigirme:
si al abismo que me levanta
o al vuelo que me degrada.
ellos anhelaban abrazarte
incluso si morían en el intento.
Y siguiendo la guía entre las piedras
siempre conseguían encontrar tus halos
entre pequeñísimas sombras pasajeras.
¡Qué mas daba cómo lo viera!
Su reflejo se dirigía hacía la estela
de los pájaros cada cielo de marzo
y reescribían con ausencia de mancha
su rastro bajo sus brazos.
Mientras, caen sus pequeñas extensiones,
en acantilados abruptos,
elevándose sobre las nubes
o deslizándose entre los brillos
que precipitándose sobre ti
terminan desbordando mis pupilas.
Siempre me pregunté qué eras
o quién eras,
y por qué existías.
Y por qué para abrazarte
por encima de sus ramas
había primero, que crearte.
¿Cuándo dejé de contar tus tormentas
en mis noches de andares?
¿Cuándo dejé de contar lágrimas,entre ellas yo,
escondida entre llamas inundadas?
¿Y cuándo dejé mi capa colgada
si aún no había acabado la batalla?
¿Y dónde está ese armario
que guarda el calor que debería tener yo?
Y entre tantas preguntas que me hice
mudé de pensamientos.
Sí, llámame demente
por dejar de ser coherente,
por esa manía de deshacerme entre la gente.
Perdí la orientación cuando
intentando encontrar tu nombre escondido
empecé a contar virutas de lápiz
en lugar de renglones vacíos.
Me dejé la otra mitad de mi
cuando el silencio estridente
de tus respiraciones casi latentes
se acercó más al olvido
y mi mente estuvo casi apunto
de marcharse permanentemente.
Pero igual bailaré ese baile
incluso si muero en el intento
Lo siento, no tiene remedio.
Flotaré entre sus ramas
aunque la lluvia dificulte mi vuelo
y seré cómplice del delito
de rozar el cielo.
Estudiaré tus movimientos entre compases
para que si mis pies inundan los mares
sepa hacia donde dirigirme:
si al abismo que me levanta
o al vuelo que me degrada.
Amor sobre lienzo.
De noche ya no es pero aún está, como esos pájaros en la estación o ese disco favorito suyo que para su alma nunca pasa de moda y une otros tiempos con esta historia.
Se quedaron las tinieblas atrás, entre espuma, espinas, y barro para que pudiéramos deslizarnos entre las pinceladas de un cuadro y manchar a cada beso el pentagrama de otros labios.
Los colores bañando su piel creaban un cuadro nuevo porque empezamos a dibujar mundos aventurados en nuestro reflejo y a pintar símbolos, runas que creíamos que llamarían la atención de los gatos o, (¡qué ilusos!) la propia Luna.
Terminamos por salpicarlo todo poco a poco de huellas, transformándose en faros que contrastaban con el fondo de petróleo de un alma veteada por las llamas, al mismo tiempo que los astros se desvanecían solo en su almohada porque yo aún soñaba con fuegos helados que atravesaban mis huesos como si nada. Su esencia de color a cada espacio marcó el ritmo y la clave de Sol, sellada a fuego, iluminó el umbral de mis recuerdos...
Le dije que no quería flores y me dio respiraciones para espantar los temores.
No le pedí lunas, ni estrellas. Y me regaló un cielo repleto de ellas. Aún más lejos llegó porque empecé a ponerme collares que fabricaban sus respiraciones entrecortadas, y sus palabras se vistieron con mis besos de bufanda. Y mis inspiraciones se deleitaban cuando se veían plasmadas junto al arte que combinaba mundos fríos en un lienzo que comenzó a dibujarse un otoño tardío.
Tras eso, nos convertimos en capitanes de una nave creada por otras manos cuyo mayor deseo era que la humanidad la tripulara en medio de un lienzo o un pentagrama o en el espacio entre canciones, de esas que curaban corazones, que rozaban almas con la pluma de un ala o el semitono claro del alba, para ser cómplices de algo más que una historia urbana.
Mientras, y a contratiempo, el reloj dejaba caer letras traspapeladas en un vacío recuadro sin que la inundación cesara. Pero, ¿recuerdas? Éramos capitanes y nuestra nave, aquella hoja de otoño, rozó el suelo como bailando un tango, pero no era esa la melodía, sino que la música que se escuchaba era la mía, que salía apresurada de mis poros para que no escuchara el eco de mi vacío, sino el cantar de un día que se iba. Y con él, el otoño y la brisa llegaban a los puertos, secando nuestra imagen sobre el lienzo.
Sin darme cuenta, le di mi corazón en un acorde que con solo la primera sílaba de su nombre hacía de mí una coleccionista de letras, pero en ninguna combinación encontré jamás su risa, su andar o su belleza.
Le intenté describir en un verso. ¡Qué inútil! Estaba sumergida en medio de un mar inmenso lleno de letras que se recombinaban tras cada ola, inundando cada vez más mi mente y haciendo del lápiz un ser un poco más inerte. Un náufrago en un ligero y aplanado blanco.
Intenté recordarle con la misma intensidad de antes, sabía que para nosotros aún no era tarde.Y cuando le sentí acariciando mis párpados morados y cambiando mi córnea, empecé a ver al mundo avanzar. Mi piel se erizó. Sentí miedo de volar.
Se quedaron las tinieblas atrás, entre espuma, espinas, y barro para que pudiéramos deslizarnos entre las pinceladas de un cuadro y manchar a cada beso el pentagrama de otros labios.
Los colores bañando su piel creaban un cuadro nuevo porque empezamos a dibujar mundos aventurados en nuestro reflejo y a pintar símbolos, runas que creíamos que llamarían la atención de los gatos o, (¡qué ilusos!) la propia Luna.
Terminamos por salpicarlo todo poco a poco de huellas, transformándose en faros que contrastaban con el fondo de petróleo de un alma veteada por las llamas, al mismo tiempo que los astros se desvanecían solo en su almohada porque yo aún soñaba con fuegos helados que atravesaban mis huesos como si nada. Su esencia de color a cada espacio marcó el ritmo y la clave de Sol, sellada a fuego, iluminó el umbral de mis recuerdos...
Le dije que no quería flores y me dio respiraciones para espantar los temores.
No le pedí lunas, ni estrellas. Y me regaló un cielo repleto de ellas. Aún más lejos llegó porque empecé a ponerme collares que fabricaban sus respiraciones entrecortadas, y sus palabras se vistieron con mis besos de bufanda. Y mis inspiraciones se deleitaban cuando se veían plasmadas junto al arte que combinaba mundos fríos en un lienzo que comenzó a dibujarse un otoño tardío.
Tras eso, nos convertimos en capitanes de una nave creada por otras manos cuyo mayor deseo era que la humanidad la tripulara en medio de un lienzo o un pentagrama o en el espacio entre canciones, de esas que curaban corazones, que rozaban almas con la pluma de un ala o el semitono claro del alba, para ser cómplices de algo más que una historia urbana.
Sin darme cuenta, le di mi corazón en un acorde que con solo la primera sílaba de su nombre hacía de mí una coleccionista de letras, pero en ninguna combinación encontré jamás su risa, su andar o su belleza.
Le intenté describir en un verso. ¡Qué inútil! Estaba sumergida en medio de un mar inmenso lleno de letras que se recombinaban tras cada ola, inundando cada vez más mi mente y haciendo del lápiz un ser un poco más inerte. Un náufrago en un ligero y aplanado blanco.
Intenté recordarle con la misma intensidad de antes, sabía que para nosotros aún no era tarde.Y cuando le sentí acariciando mis párpados morados y cambiando mi córnea, empecé a ver al mundo avanzar. Mi piel se erizó. Sentí miedo de volar.
jueves, 2 de abril de 2015
Primavera
Hoy he de confesar una cosa,
he de confesar por qué guardé esas rosas.
Todo empezó antes de que llegara ella
y lo invadiera todo con su manto,
sus aromas y de colores
lo inundara todo a su paso.
Nunca se vestía de nácar,
o de huracán, los cielos sin color no le gustaban
y cuando sus ropajes se ensuciaban
no había otra opción que salpicarlos con sus lágrimas.
Sus vestidos ligeros ocupaban cada rincón
llenándolo de color.
Siempre que llegaba traía aroma a pétalos
o cantares nuevos.
Los caminos se dejaban acariciar
por su brisa verde y
los pájaros se deleitaban entre
las ramas ardientes de su pelo rubio
eternamente perenne.
Y todo esto que pasó después de que te fueras
era lo único que tenía para vivir
día a día.
Tus risas no acompañaron más mis andares
por estos inmensos y solitarios lares,
pero guardé sus aromas
y sus lágrimas en un frasco lleno
de violetas, pensamientos, rosas
y claveles para que cuando volvieras
te dieras cuenta de que aquellas almas perdidas
eran siempre la misma:
la tuya, y la mía.
También confesaré que los detalles
son siempre vulgares
porque se convierten en lo más grande
se convierten en su propio arte.
Así que hoy he de confesar
que por fin me di cuenta
de que esta es mi manera de amarte:
guardando las primaveras en frascos
para que con su llanto puedas perfumarte.
he de confesar por qué guardé esas rosas.
Todo empezó antes de que llegara ella
y lo invadiera todo con su manto,
sus aromas y de colores
lo inundara todo a su paso.
Nunca se vestía de nácar,
o de huracán, los cielos sin color no le gustaban
y cuando sus ropajes se ensuciaban
no había otra opción que salpicarlos con sus lágrimas.
Sus vestidos ligeros ocupaban cada rincón
llenándolo de color.
Siempre que llegaba traía aroma a pétalos
o cantares nuevos.
Los caminos se dejaban acariciar
por su brisa verde y
los pájaros se deleitaban entre
las ramas ardientes de su pelo rubio
eternamente perenne.
Y todo esto que pasó después de que te fueras
era lo único que tenía para vivir
día a día.
Tus risas no acompañaron más mis andares
por estos inmensos y solitarios lares,
pero guardé sus aromas
y sus lágrimas en un frasco lleno
de violetas, pensamientos, rosas
y claveles para que cuando volvieras
te dieras cuenta de que aquellas almas perdidas
eran siempre la misma:
la tuya, y la mía.
También confesaré que los detalles
son siempre vulgares
porque se convierten en lo más grande
se convierten en su propio arte.
Así que hoy he de confesar
que por fin me di cuenta
de que esta es mi manera de amarte:
guardando las primaveras en frascos
para que con su llanto puedas perfumarte.
martes, 31 de marzo de 2015
Odio la primavera
¿Cómo puedo ser tan egoísta y esconder todo lo que pasa en mi cabeza? Tienen que salir, sentir el aire y levitar en él para poder ser reales y dirigir mi andar. Podría explotar si no lo hago, podría morir a otro nivel. Podría dejar de sentir con la piel, y empezar a sentir con mis huesos.
¿Acaso no salvaría a nadie? Tengo que decirlo. Alguien tiene que darse cuenta y conocer.
Sí, porque todos somos un conjunto de cosas, podemos estar felices y tristes a la vez, melancólicos y eufóricos tal vez... Pero la mezcla no nos hace un problema, sino un conjunto de relativos, somos vida, somos presente, somos adicción. Somos gente.
Somos segundos en el tiempo de una canción.
Somos todo. Y por eso amo y odio a la primavera.
Odio ese tiempo de darme cuenta de que puedo ser blanco y negro aunque no quiera; ese momento en el que pagamos más de la cuenta; ese momento en el que somos concientes de nuestra mera existencia. Odio ese momento en el que se intensifica tu ausencia mientras lo que haces es buscar ser libre de tus propios complejos y volar como si lo que tienes por alas fuera plumas y no pellejo. Mientras lo que haces es caminar sin rumbo como barco con capitán viejo, igual que aquella falda en ese baile de copa por beso que me contagia eso que llaman Amor, que ni se va ni tiene remedio. Donde un pequeño yo quiere saltar desde la cúspide de algún abismo invisible que se torna tangible si llega tu voz y lo pide. ¿A qué te agarro para que no caigas conmigo?
Aunque... si tocamos fondo y las heridas escuecen, la oscuridad se convertirá en agua y nosotros en peces. Y saldremos de ese barranco y nos tiraremos una y otra vez hasta que dejemos de ver toda la sangre en cada intento; hasta que nuestro cuerpo se llene de mapas que muestran el camino al suelo sin navegar por el aire, aunque, ya estemos más que rematadamente viejos.
Y sobre todo yo, si en primavera no me acompaña ni tu reflejo.
¿Acaso no salvaría a nadie? Tengo que decirlo. Alguien tiene que darse cuenta y conocer.
Sí, porque todos somos un conjunto de cosas, podemos estar felices y tristes a la vez, melancólicos y eufóricos tal vez... Pero la mezcla no nos hace un problema, sino un conjunto de relativos, somos vida, somos presente, somos adicción. Somos gente.
Somos segundos en el tiempo de una canción.
Somos todo. Y por eso amo y odio a la primavera.
Odio ese tiempo de darme cuenta de que puedo ser blanco y negro aunque no quiera; ese momento en el que pagamos más de la cuenta; ese momento en el que somos concientes de nuestra mera existencia. Odio ese momento en el que se intensifica tu ausencia mientras lo que haces es buscar ser libre de tus propios complejos y volar como si lo que tienes por alas fuera plumas y no pellejo. Mientras lo que haces es caminar sin rumbo como barco con capitán viejo, igual que aquella falda en ese baile de copa por beso que me contagia eso que llaman Amor, que ni se va ni tiene remedio. Donde un pequeño yo quiere saltar desde la cúspide de algún abismo invisible que se torna tangible si llega tu voz y lo pide. ¿A qué te agarro para que no caigas conmigo?
Aunque... si tocamos fondo y las heridas escuecen, la oscuridad se convertirá en agua y nosotros en peces. Y saldremos de ese barranco y nos tiraremos una y otra vez hasta que dejemos de ver toda la sangre en cada intento; hasta que nuestro cuerpo se llene de mapas que muestran el camino al suelo sin navegar por el aire, aunque, ya estemos más que rematadamente viejos.
Y sobre todo yo, si en primavera no me acompaña ni tu reflejo.
viernes, 27 de febrero de 2015
Soñando en agua y fuego
Me dormí tocando el piano,
me dormí con los pies descalzos.
Cuando aún era de día
tapé mi cabeza entre algodones
y la coloqué sobre algún corazón
fingiendo que ese tú existía.
Me quedé dormida con los pies desnudos,
se hizo de noche, pero no le sucedía ningún día
y pensé:
‘’Lo más doloroso no es la tragedia
sino no saber vivirla.
Lo más triste es que confundamos
la amistad con hipocresía.
y si aún día dejo de escribir poesía
¡Mejor que me quiten la vida!’’
Quisiera ser agua y recorrer el cielo infinito,
quisiera ser lágrima y acariciar tus mejillas como la hiel,
quisiera ser lluvia y erizar tu piel,
tan fría y tan cálida a su vez.
Convertirme en nieve y derretirme en tu frágil sonrisa,
ser partícipe de esta historia sin fin,
repetirla una y otra vez, hasta que quede grabada en mi ser.
Amarte, así como amo el comienzo de un nuevo libro,
así como amo los días de lluvia,
así como se aman el cielo y las estrellas.
Cerrar los ojos, suspirar, y desear que este sentimiento nunca termine,
que nada sea efímero.
Descubrir cada pequeño secreto que se esconde en tu cuerpo y escribir un poema a tu mirada, tocar tus labios y convertirnos en fuego.
Es maravilloso.
Es eterno.
jueves, 1 de enero de 2015
24/7 BABY 3-6-5
Llegó tras la intensa espera de doce números, doce acelerados segundos. Su presencia estaba en todas partes, y hacía que sintieras que solo eras algo concreto, algo entre la nada y la nada, algo entre un antes y un después. Que eras algo determinado, que él era algo puntual. Y ambos una coincidencia, que colisionó en un pequeño momento, empezando a formar parte de un fragmento del infinito.
Ese pequeño fragmento, recién empezado y aún vacío, poco a poco se fue llenando de vida, de momentos eufóricos, tristes, alegres, momentos de rabia o incertidumbre, de pasión, de aventuras, de amistad, amor, fraternidad, rabia, impotencia. Momentos que quedaron impregnados en nosotros y en el lugar más inexpugnable de nuestras almas y recuerdos. Ya nada podría sacarlos de ahí, estaban marcados a fuego, salvo nuestra decadencia y vejez...
Y de repente, ese pequeño fragmento, había acabado. Dio un portazo y se largó. Ya jamás volvería, nunca volvería a repetirse y todas las revoluciones que había causado seguían su curso, pero no mas en ese periodo de tiempo.
La cuenta atrás empezó, otros doce segundos y estaríamos empezando otro de esos fragmentos entre la nada y la nada.
Doce: emoción
Once: frustración
Diez: impotencia
Nueve: voluntad
Ocho: decisión
Siete: amistad
Seis: batallas y ángeles
Cinco: calma
Cuatro: llanto
Tres: perdón
Dos: valor
Uno: vida
Eso sería un resumen en doce palabras de los momentos que se iban.
Y entonces, sigiloso en su llegada, empezó otro, que poco a poco se llenaría de nuevas y de las mismas cosas, de curiosidad hacia lo nuevo y ganas de vivir, de aventura, de amor y felicidad en lo cotidiano.
Empezó otro fragmento del infinito, en medio de la nada y la nada. Empezó vacío, pero estaba claro que terminaría lleno y diferente. Que nos transformaría, muy poco a poco, con el paso de otros nuevos trescientos sesenta y cinco días.
Ese pequeño fragmento, recién empezado y aún vacío, poco a poco se fue llenando de vida, de momentos eufóricos, tristes, alegres, momentos de rabia o incertidumbre, de pasión, de aventuras, de amistad, amor, fraternidad, rabia, impotencia. Momentos que quedaron impregnados en nosotros y en el lugar más inexpugnable de nuestras almas y recuerdos. Ya nada podría sacarlos de ahí, estaban marcados a fuego, salvo nuestra decadencia y vejez...
Y de repente, ese pequeño fragmento, había acabado. Dio un portazo y se largó. Ya jamás volvería, nunca volvería a repetirse y todas las revoluciones que había causado seguían su curso, pero no mas en ese periodo de tiempo.
La cuenta atrás empezó, otros doce segundos y estaríamos empezando otro de esos fragmentos entre la nada y la nada.
Doce: emoción
Once: frustración
Diez: impotencia
Nueve: voluntad
Ocho: decisión
Siete: amistad
Seis: batallas y ángeles
Cinco: calma
Cuatro: llanto
Tres: perdón
Dos: valor
Uno: vida
Eso sería un resumen en doce palabras de los momentos que se iban.
Y entonces, sigiloso en su llegada, empezó otro, que poco a poco se llenaría de nuevas y de las mismas cosas, de curiosidad hacia lo nuevo y ganas de vivir, de aventura, de amor y felicidad en lo cotidiano.
Empezó otro fragmento del infinito, en medio de la nada y la nada. Empezó vacío, pero estaba claro que terminaría lleno y diferente. Que nos transformaría, muy poco a poco, con el paso de otros nuevos trescientos sesenta y cinco días.
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