~Pensadores~

martes, 7 de abril de 2015

Amor sobre lienzo.

De noche ya no es pero aún está, como esos pájaros en la estación o ese disco favorito suyo que para su alma nunca pasa de moda y une otros tiempos con esta historia.
Se quedaron las tinieblas atrás, entre espuma, espinas, y barro para que pudiéramos deslizarnos entre las pinceladas de un cuadro y manchar a cada beso el pentagrama de otros labios.
Los colores bañando su piel creaban un cuadro nuevo porque empezamos a dibujar mundos aventurados en nuestro reflejo y a pintar símbolos, runas que creíamos que llamarían la atención de los gatos o, (¡qué ilusos!) la propia Luna.

Terminamos por salpicarlo todo poco a poco de huellas, transformándose en faros que contrastaban con el fondo de petróleo de un alma veteada por las llamas, al mismo tiempo que los astros se desvanecían solo en su almohada porque yo aún soñaba con fuegos helados que atravesaban mis huesos como si nada. Su esencia de color a cada espacio marcó el ritmo y la clave de Sol, sellada a fuego, iluminó el umbral de mis recuerdos...

Le dije que no quería flores y me dio respiraciones para espantar los temores.
No le pedí lunas, ni estrellas. Y me regaló un cielo repleto de ellas. Aún más lejos llegó porque empecé a ponerme collares que fabricaban sus respiraciones entrecortadas, y sus palabras se vistieron con mis besos de bufanda. Y mis inspiraciones se deleitaban cuando se veían plasmadas junto al arte que combinaba mundos fríos en un lienzo que comenzó a dibujarse un otoño tardío.

Tras eso, nos convertimos en capitanes de una nave creada por otras manos cuyo  mayor deseo era que la humanidad la tripulara en medio de un lienzo o un pentagrama o en el espacio entre canciones, de esas que curaban corazones, que rozaban almas con la pluma de un ala o el semitono claro del alba, para ser cómplices de algo más que una historia urbana.

Mientras, y a contratiempo, el reloj dejaba caer letras traspapeladas en un vacío recuadro sin que la inundación cesara. Pero, ¿recuerdas? Éramos capitanes y nuestra nave, aquella hoja de otoño, rozó el suelo como bailando un tango, pero no era esa la melodía, sino que la música que se escuchaba era la mía, que salía apresurada de mis poros para que no escuchara el eco de mi vacío, sino el cantar de un día que se iba. Y con él, el otoño y la brisa llegaban a los puertos, secando nuestra imagen sobre el lienzo.

Sin darme cuenta, le di mi corazón en un acorde que con solo la primera sílaba de su nombre hacía de mí una coleccionista de letras, pero en ninguna combinación encontré jamás su risa, su andar o su belleza.

Le intenté describir en un verso. ¡Qué inútil! Estaba sumergida en medio de un mar inmenso lleno de letras que se recombinaban tras cada ola, inundando cada vez más mi  mente y haciendo del lápiz un ser un poco más inerte. Un náufrago en un ligero y aplanado blanco.

Intenté recordarle con la misma intensidad de antes, sabía que para nosotros aún no era tarde.Y cuando le sentí acariciando mis párpados morados y cambiando mi córnea, empecé a ver al mundo avanzar. Mi piel se erizó. Sentí miedo de volar.

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